González ha ostentado una personalidad demasiado atractiva como para que los medios y el público puedan dejarlo en paz por mucho tiempo. Su nombre puede ser para algunos sinónimo de polémica, pero supone para la mayoría las condiciones de vida intensa, a veces errática, y llena de visicitudes que caracterizan las biografías de muchos grandes artistas.
Su evolución como cantautor ha sido de una inusual amplitud, convirtiendo al adolescente fanático de Bee Gees y The Carpenters en un hombre adulto bien informado de la escena electrónica europea. Entre ambos puntos, se cuenta el interés consecutivo por el punk, la new wave inglesa de los años ochenta, la música disco y hasta la cumbia venezolana. Pese a que han sido sus pasos rockeros los más difundidos en Chile, González viene desarrollando desde los años noventa una activa labor de colaboraciones con importantes nombres del tecno; o al menos del círculo de chilenos asentado en Europa. Eso ha incluido grabaciones junto a gente como Señor Coconut, Mambotur y Dinky; además de sus personales incursiones al respecto, tanto en solitario como con los proyectos Gonzalo Martínez y Sieg Über Die Sonne.
San Miguel
La lucidez de Jorge González Ríos era un rasgo llamativo ya en su adolescencia, cuando mostraba claros rasgos de liderazgo en su curso del Liceo 6 de San Miguel. Era el mayor de tres hermanos, en un hogar dirigido por un padre dedicado a ventas (y cantante aficionado) y una madre dueña de casa. Mostró desde pequeño afición a la conversación y la lectura, aunque nada lo relajaba más que la radio de la cocina, con la que se distraía escuchando el pop suave y triste que caracterizó a los años setenta, de Carpenters a Bread, de Camilo Sesto a la E.L.O.
El primer grupo que lo llevó en serio a la música fue Kiss, de cuya música habló la primera vez que tuvo una conversación con un compañero suyo del Primero Medio C, Claudio Narea. Era 1979. Siguieron luego con los Beatles y Bee Gees, y al poco rato ya estaban acordando visitarse en sus casas, distanciadas por apenas trece cuadras, al poniente de Gran Avenida, en el corazón de la comuna de San Miguel.
Ni González ni Narea tenían preparación musical alguna, pero acumulaban demasiada energía en el cuerpo e ideas en la cabeza como para no armar un proyecto en conjunto. Formaron así Los Pseudopillos, también con sus amigos Rodrigo y Álvaro Beltrán. Todas sus primeras canciones eran a capella, y llegaron a grabar más de cien en la radiocassette de la casa de Jorge.
González armó en paralelo un dúo junto a otro amigo de su curso, Miguel Tapia. Tampoco había ahí demasiada técnica, pero no quedaban dudas de su hambre de fama. Se llamaba Los Vinchukas, y alrededor de 1981 invitaron a sumarse a Claudio Narea. Antes de que el trío terminara Cuarto Medio, González ya era capaz de estructurar canciones propias que dejaban sorprendidos a sus compañeros de banda. Una de las primeras fue "La voz de los 80". Si alguna vez se había discutido internamente dividir las labores de composición, la fluidez con la que González fue dándole forma a esas canciones dejó en claro quién merecía dirigir al grupo de ahí en adelante.
Concluida la enseñanza media, González se inscribió en la carrera de Sonido, en la Universidad de Chile. Aunque duró menos de un año como alumno, el paso por la Escuela le permitió conocer a gente como Igor Rodríguez (futuro Aparato Raro), Luciano Rojas (futuro La Ley) y Carlos Fonseca. Con este último forjó una cercana amistad, que ameritó que González le mostrara un día las maquetas que había estado grabando con su banda, Los Prisioneros. Fonseca —quien ya estaba al tanto de la explosión punk y new-wave en Inglaterra, y hasta tenía un programa radial propio— escuchó esos demos con asombro, y sintió que algo así no podía quedar en el anonimato. Fueron Los Prisioneros los que lo motivaron a armar un sello independiente (Fusión) y convertirse en manager. El resto es historia.
La vida como ex Prisionero
Luego del éxito continental y de enorme trascendencia social de Los Prisioneros, la historia de González ha sido todo menos predecible. El primer intento lo hizo cuando terminó por primera vez con Los Prisioneros, en 1991, y decidió asociarse con su manager de siempre, Carlos Fonseca, para desarrollar un primer álbum de promoción continental.
Para ello, consiguió un contrato disquero de características nunca antes vistas en Chile. Lo firmó en las oficinas de EMI, en Londres, y por él se convirtió en
«artista prioritario a nivel regional», con el compromiso de editar tres discos en seis años.
La
producción del afamado Gustavo Santaolalla, un estudio de lujo en Los
Ángeles (California) y 150 mil dólares de presupuesto dieron como
resultado Jorge González (1991), un disco de melodías suaves y
abundantes referencias personales; en parte deudor del espíritu de
reflexión amorosa que había guíado Corazones (1990), de su ex banda. Para las presentaciones en vivo, González armó una banda encabezada por los hermanos Frugone, de Viena y Anachena. Una cuidada campaña promocional, un glamoroso lanzamiento en el hotel Sheraton, y afiches a todo color en las calles de Santiago fueron la guinda de presentación de un disco que salió a radios con el single "Mi casa en el árbol". Fue, también, el inicio de un sonado fracaso, pues ni el público ni la crítica parecieron sentirse cómodos con el álbum. Temas como "Ésta es para hacerte feliz" y "Fe" lograron en un principio una respuesta pública menos que tibia, en comparación con las expectativas y el recuerdo de su gloria junto a Los Prisioneros. «Me estaban lanzando en la onda Chayanne, y eso fue un error», reconocería después el músico, cuando ya era demasiado tarde. Su debut solista lo había desperfilado e iba a ser difícil sostener por demasiado tiempo más las expectativas.
La antiestrella
Las cosas podían ir aun peor, por supuesto, y González preparó con calma un golpe del que a EMI le costó recuperarse. Con un presupuesto todavía privilegiado, el músico grabó entre Santiago y Alemania el álbum El futuro se fue (1994), en el cual experimentó con algo de electrónica, y sintió necesario tributar a su recién descubierto nuevo ídolo: Víctor Jara. Lo produjo en parte junto a Carlos Cabezas, y gastó un oneroso presupuesto en la mezcla.
Mezcla que resultaba sencilla para un álbum, finalmente, insolentemente austero y sin un solo single a la vista. El futuro se fue suena a angustia, aridez y dolorosa introspección, con cortes en los que González parecía por momentos desgarrarse, y en otros estar sólo jugando. Ante la imposibilidad de promocionar un álbum así de extraño (algo sonó en radios "Mapuche o español", aunque casi como una rareza), el cantautor acordó con EMI la anulación de su contrato.
González viajó entonces a Nueva York. Tenía una novia con departamento en Manhattan, y encontró allí posibilidades cómodas para seguir estudios de sonido. Casi no dio entrevistas, y se supo muy poco sobre sus andanzas, al menos hasta 1996, cuando viajó por un rato a Chile para coordinar los detalles de la publicación del compilado Ni por la razón ni por la fuerza, la primera colección de rarezas de Los Prisioneros. Viajó nuevamente a Chile al año siguiente para dictar un curso de composición electrónica, y posteriormente participó en la mezcla de un tema del disco Vértigo, de La Ley, que la banda chilena estaba grabando en Nueva York.
Nuevo giro: la tecno-cumbia
La cosmopolita vida neoyorquina había acrecentado en González su interés por la electrónica, mucho más cuando comenzó a conocer a una activa comunidad de chilenos y latinos vinculada al género por efecto de años de residencia en Europa. El músico forjó amistad, por ejemplo, con Martín Schopf, un compositor de música electrónica que había pasado el exilio de su padre en Alemania.
Con él decidió trabajar el primer disco en el que su nombre no saldría en portada. Lo presentaron como la obra de un músico ficticio: Gonzalo Martínez, y llegaron a Santiago hablando con entusiasmo de la nueva tendencia que haría bailar al país completo, una mezcla de electrónica y trópico a la que bautizaron «tecno-cumbia».
Gonzalo Martínez y sus congas pensantes (1997) fue el disco que sacó a radios una singular versión para "La pollerá colorá" y que incluyó una de las primeras composiciones de González en años: "La cumbia triste". Santiago comenzaba a agitarse por entonces con los primeros raves masivos, y una activa escena de DJs. Pero el experimento de González y sus socios evocaba recuerdos acaso demasiado latinos, para este grupo asentado en su mirada global. El álbum obtuvo malas críticas, apenas fue tocado en las radios, y al poco tiempo se fue a las bateas de ofertas de las disquerías. Su suerte debe pesquisarse en Europa, donde sí logró acogida entre ciertos círculos cercanos a la búsqueda de fusión electrónica.
Fue igual de sorprendente su decisión de reasociarse con Miguel Tapia para una gira nacional, presentada como la de un grupo llamado Los Dioses (también con el venezolano Argenis Brito en sus filas), que finalmente no hacía más que recrear el catálogo de Los Prisioneros.
La participación en el Tributo a Víctor Jara lo acercó al sello Alerce, por el cual publicó en 1999 un tercer álbum solista: Mi Destino Confesiones de una estrella de rock. Fue un disco más convencional en términos de estructura, con canciones bien armadas y un paseo ingenioso por temas como la nostalgia por los íconos chilenos ("Caszely", "Allende vive [y yo sé dónde]"), el amor y desamor, la pose del rock a -lo-Maná ("Me pagan por rebelde") y la infaltabla crítica a un país que en un momento el autor describía como "un fundo".
Fue un álbum trabajado de un modo radicalmente opuesto al de su debut, grabado casi completamente en la casa de sus padres, en San Miguel, y con la participación de amigos de entonces, como Álvaro Henríquez, Carlos Cabezas y Atom Heart. De algún modo, le sirvió a González como terapia creativa: «Lo que me propuse fue hacer lo mejor que podía. Y lo mejor que puedo es bien bueno, la verdad», le contó entonces al sitio web Chilerock. «Sí creo que se dieron cosas muy buenas. El hecho que me esté ayudando mi hermano o mi papá, pa' mí es una tranquilidad porque significaba que nadie me iba a estar mirando por encima del hombro para preguntarme Oye, ¿y es comercial lo que estai haciendo? ¿Se parece a Los Prisioneros? ¿Va a ser rebelde? Y eso es bueno porque es gente que está mirando tu carrera unida a tu vida, que es lo que yo necesito. No estar llenando estadios y tener titulares y tener la cagada por dentro. Eso nunca me ha pasado y no me va a pasar ahora».
La reunión de Los Prisioneros se fue gestando con el trabajo de González en dos proyectos de edición vinculados al grupo y puestos a la venta en el año 2000: el compilado en vivo El caset pirata y un disco colectivo de covers (Tributo a Los Prisioneros). Fue entonces que el músico decidió acceder a un anhelo que hacía rato manifestaban sus ex compañeros y su manager. Su vida personal pasaba además por decisiones de importancia, como la de viajar un tiempo a Cuba para internarse en un centro especializado que pudiera ayudarlo a dejar la cocaína.
Su recuperación marcó el reencuentro con su vieja banda a mediados de 2001, en lo que fue el segundo episodio de la historia de Los Prisioneros. Dos discos, giras por Chile y al extranjero, y una última y definitiva pelea con Claudio Narea fue el balance de esta etapa concluida para siempre a principios del 2006. Desde entonces González intenta desarrollar nuevos proyectos musicales desde sucecivas residencias extranjeras en el D.F. mexicano, Valencia (España) y Berlín (Alemania). «Creo que ya es tiempo de que haga una música nueva, diferente y que me signifique un desafío», le explicó más tarde a la revista Rolling Stone-Chile en una entrevista excepcional (en la que además dijo estar escuchando a Astor Piazzolla y Dolly Parton). No es ningún secreto su desdén hacia la prensa chilena, con la cual intenta toparse lo menos posible.
Alguna vez, y a la luz de sus auges y caídas, el sanmiguelino se definió como la única estrella de rock en Chile, y también la figura de espectáculos más perseguida por el establishment. Es probable que en ninguna de las dos apreciaciones exagere.
«Digamos las cosas claras: Los Prisioneros no son el problema, es Jorge González», le comentaba a revista Rolling Stone-Chile a mediados del año 2006. «A veces se dice que si Jorge se hubiera portado mejor en los '80, habríamos tenido menos censura, y yo pienso que si me hubiera portado mejor, Los Prisioneros habría sido una banda de moda, no más. Yo pienso que la libertad que he tenido para poder decir lo que pienso, a pesar que eso incluso me cierre las puertas promocionales, yo la tenía que emplear en su momento y no cuando viejo».
La publicación, a fines del 2005, del libro de entrevistas Maldito sudaca, del periodista Emiliano Aguayo, permitió interpretar desde su siempre sorprendente honestidad una vida artística en la que González dice haberse permitido el error, el fracaso y hasta la autodestrucción, pero nunca el conformismo. Los Updates, un dúo armado junto a su mujer de entonces, Loreto Otero, fue la siguiente prueba de esa inquietud.
Desde ahí siguió su camino como músico eléctrónico, trasladándose cada vez con mayor frecuencia a Alemania, y realizando - al menos una vez al año- presentaciones en América Latina. En Chile incluso protagonizó una gira con el nombre de La voz de los 80 entre el 2010 y el 2011, recreando íntegramente el primer disco de Los Prisioneros.
En noviembre de 2011 realizó un gran concierto en el Teatro Caupolicán de Santiago (que dio origen a su primer DVD en vivo), y en el que comenzó a mostrar nuevas canciones, buena parte de ella con una orientación más acústica, centrada en su piano y la guitarra. Todas ellas dan forma a su cuarto disco, Libro, y le han valido una invitación al Festival de Viña del Mar 2013.
—Jorge Leiva / Marisol García
Foto: sitio oficial.
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