sábado, 13 de abril de 2013

Los Prisioneros articulo de otra persona que define muy bien el impacto de la musica de los prisioneros

ov 2008

Los Prisioneros

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Conocí a los 3 de San Miguel cuando tenía cinco años. Recuerdo que mi mamá me compró pantalones de colegio en una oferta de Corona, que venía con un regalo musical que bien reflejaba la llegada de los ’90: un compendio popero veraniego de hits que iban desde los kitschísimos Tam Tam Go, hasta dos canciones que nunca pude olvidar: las hermosísimas Tren al Sur y Estrechez de Corazón.
Desde sus sonidos más cercanos al mundo del pop y a los ostentosos arreglos del productor musical Gustavo Santaolalla, poco a poco fui asimilando a Los Prisioneros. Mientras crecía en un mundo que pasaba del idealismo al nihilismo y jugaba a la pinta y al Super Nintendo, me iba poco a poco topando con los hits de una época que no me tocó vivir, pero que sin duda marcó las vidas de quienes nos la dieron a nosotros.
Cuando llegaron los quince, en esa época en que el amor me parecía algo sublime e inalcanzable, caché el Tributo a Los Prisioneros, y terminé por decidirme: estos huevones parece que son buenos y tengo que ponerme a escucharlos en serio. Dejé de lado un rato el Blood Sugar Sex Magik de los Red Hot que me tenía loco y me devoré la breve pero poderosa discografía.
La Voz de los ’80, es un discazo irrepetible. Dejando de lado los complejos a lo que es la influencia europea, González se despacha un caset lleno de hits de los que prácticamente nadie, ni su más furibundo crítico, puede evitar corear. Las letras: deprimentemente buenas, al punto en que nadie pensaría que una experiencia lírica tan conmovedora no se volvería a repetir en nuestra escena musical.
Pateando Piedras es un avance sustantivo a los sintetizadores, y un cambio sonoro muy bien logrado. Un goce rítmico y una profundización en el discurso de un adolescente pero lucidísimo González, que no tiene miedo a la vacía crítica purista y llena de su labia tan conmovedora como contradictoria los beats de la placa que nos regaló un verdadero himno de la juventud chilena: El baile de los que sobran.
La cultura de la basura nos transporta a una época de indecisión musical, de falta de claridad conceptual pero de sonidos que van a la vena y con una desprolijidad tan extraña como reveladora. La inserción casi a la fuerza de los otros dos cerebros creativos parece como llevada adelante por una necesidad moral más que por la fuerza del genio creativo. Pese a aquello, temas como Maldito Sudaca y Lo estamos pasando muy bien no dejan dudas en que se formaba una leyenda.
Lejano a las horripilantes pajas cahuineras, el Corazones es íntimo, romántico, muy ricamente popero y sobre todo distinto. Completa el ciclo con sus orquestas synth y con un González llegando al peak de su interpretación vocal, demostrando además la soltura con que es capaz de transportarse desde la furibunda protesta del mundo obrero hasta las más sentidas confesiones de amor.
Después de eso, y como se habrán dado cuenta, me convertí en fanático. Formé una banda de covers y nos rajamos tocando y creyéndonos la raja jugando al rock star. Los vimos volver a tocar juntos el 2001, en un Nacional que resumía a chilenos de cuatro generaciones distintas interpretados y emocionados por tan lindo momento.
También, confirmé que muchos chilenos somos envidiosos, chaqueteros y mediocres. Los comentarios venenosos e increíblemente agresivos hacia la obra de la banda son bastante más comunes de lo que uno podría imaginarse. La demonización en Chile de un genio como Jorge González llega a límites indignantes, mientras al talentoso pero insípido Juanes le hacen estatuas en Colombia.
Los Prisioneros no sólo me regalaron música inolvidable y sus lucidísimas letras: se convirtieron en parte viva de mi adolescencia, me demostraron cómo la música popular puede hacer pensar a la gente común y corriente como nosotros en temas que normalmente nos dan lata. Me hicieron darme cuenta lo miserables que podemos llegar a ser cuando opinamos sobre nuestros artistas, y me convencieron que pese a ello, los 3 de San Miguel seguirán prendiendo corazones hoy y siempre, tal como en aquellos nostálgicos y recordados ’80’s.


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